Opinion

Periodismo en Argentina: la desconfianza que supieron conseguir a fuerza de gritos, militancia y desinformación

Titulares engañosos o, directamente, falsos. Uso y abuso de los verbos condicionales y las fuentes anónimas. Militancias en contra o a favor del Gobierno de turno. Gritos. Rostros iracundos. Insultos. Líneas editoriales monocordes. «Análisis» políticos que son meras expresiones de deseos. Construcción de relatos ajenos a la realidad.

Así es el panorama que enfrentan las audiencias de los medios tradicionales de Argentina. Ya sea que compren los principales diarios, que vean los portales, los canales de televisión abierta y las numerosas señales de noticias por cable o escuchen las cadenas radiales de mayor rating, lo que más encontrarán son sesgos partidistas. Y poco, muy poco de ese periodismo serio, crítico, equilibrado y plural que le es útil a la sociedad para informarse, pensar y tomar decisiones.

El daño cotidiano que estas prácticas le generan al oficio no es gratuito. Dos informes recientes confirman una tendencia que Argentina viene arrastrando en los últimos años: la mayoritaria desconfianza del público hacia los medios de comunicación. Razones hay de sobra.

Una de esas investigaciones la llevó a cabo la Universidad de San Isidro, que descubrió que el 65 % de sus encuestados considera que el periodismo no es una institución confiable. El 65,8 % advierte que las noticias son falaces o están tergiversadas. El mismo porcentaje considera que las empresas no respetan la independencia de las y los trabajadores de prensa.

El Informe 2021 del Reuters Institute de la Universidad de Oxford coincide por completo en el análisis, ya que en su propia consulta descubrió que el 64 % de las personas que entrevistó en Argentina no confía en la información que recibe.

Que más de seis personas de cada 10 recelen de los medios consolida a Argentina como uno de los países con menor credibilidad de su prensa local a nivel mundial. No es una buena noticia.

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Vergüenza
La falta de confiabilidad no parece ser la preocupación central de una prensa abocada al sensacionalismo que le garantice clickbait y a la consolidación de los prejuicios políticos de sus públicos. La que les habla a sus convencidos.

Hoy, en su inmensa mayoría esta prensa ejerce una militancia opositora al Gobierno de Alberto Fernández, tan intensa como el oficialismo que practicó con su antecesor Mauricio Macri. Y logra imponer con mayor facilidad debates en la agenda pública, lo que no significa una influencia real o definitiva en la toma de posiciones porque, a diferencia de lo que suelen denunciar muchos políticos que culpan al periodismo de sus propios fracasos, las sociedades no son tan permeables a la manipulación informativa. Nomás que suelen subestimarlas.

Cuando más se necesitaba información científica, predominaron las filias y fobias políticas de periodistas que, repentinamente, se convirtieron en (falsos) expertos en salud, ciencias, pandemias, cuarentenas e inmunizaciones.
Los múltiples medios alternativos, los que ofrecen calidad informativa y respetan al oficio y al público, batallan para abrirse paso. El ruido se impone.

En la pandemia, las perversidades periodísticas encontraron un pretexto ideal para replicarse. Una periodista toma cloro en vivo y en cada uno de sus programas reproduce teorías conspirativas sobre el coronavirus. Tiene fama y repercusión garantizada.

Muchos otros van acomodando su discurso desinformador: primero generan desconfianza contra las vacunas y difunden las voces de todo aquel que las considera «un veneno». Una vez comprobada su efectividad, reclaman porque no llegan las vacunas. Cuando llegan, no son suficientes. «No hay vacunas», vociferan mientras arriban aviones con millones de dosis. Hacen lobby por determinados laboratorios. Van cambiando sus fingidas preocupaciones. La de moda esta semana es que falta una segunda dosis.

Cuando más se necesitaba información científica, predominaron las filias y fobias políticas de periodistas que, repentinamente, se convirtieron en (falsos) expertos en salud, ciencias, pandemias, cuarentenas e inmunizaciones. Sin ruborizarse, sin disculparse, confundan nombres, origen y procesos de las vacunas. A diario abundan los mensajes catastrofistas y absolutos: todo está mal. Se apela a la emocionalidad del público, se le infunde miedo, pesimismo. Se convoca a abandonar un país «que no tiene remedio».

Relatos
Durante año y medio de pandemia, la prensa más visible de Argentina construyó un relato plagado de falsedades que se repiten una y otra vez, que se enhebran para generar mayor indignación.

Así, los promotores de estos discursos insisten en que el Gobierno peronista liberó a presos y violadores en masa; quería traer a médicos cubanos que en realidad eran espías; no hizo suficientes testeos; obligó a cumplir la cuarentena más larga del mundo; cerró las escuelas porque no le importa la educación; se robó las vacunas; fracasó en la campaña de vacunación; está obligando a que «los jóvenes» se vayan del país porque aquí no hay futuro; y quiere estatizar la economía al mejor estilo comunista.

En resumen: es un gobierno fascista, dictatorial, que pretende cercenar libertades y que ya está a nada de convertir a Argentina en Venezuela.

Generalidades. Lemas vacíos que no se sostienen en los datos. Pero qué importa. Ya quedaron instalados.

Son periodistas que incentivan los discursos de odio y, cuando reciben la violencia que generan, se victimizan. Que se hacen ricos y famosos gracias a la polarización. Que lucran, no informan.
Quienes difunden estas narrativas son los mismos que, con el dedo acusador, «denuncian» el periodismo militante peronista-kirchnerista sin reconocer su propias militancias. Cuesta creerlo, pero se ufanan de su periodismo «independiente». El poder del autoconvencimiento en su máxima expresión.

Acusan, también, la compra «ideológica» de las vacunas, sin asumir que no hay nada más ideológico que su cobertura informativa anclada en resabios de una guerra fría ya inexistente.

La doble vara es moneda corriente. Magnifican los escándalos de los políticos con los que no simpatizan y minimizan, esconden, o peor: justifican y desmienten los escándalos de los políticos amigos, esos mismos a los que miran con embeleso en entrevistas en las que no hay cuestionamientos ni ceños fruncidos que sí abundan con los personajes con los que no simpatizan.

Son periodistas que incentivan los discursos de odio y, cuando reciben la violencia que generan, se victimizan. Que se hacen ricos y famosos gracias a la polarización. Que lucran, no informan. A los que no les interesa entender y analizar matices.

En estas condiciones, tratar de informarse en Argentina resulta una tarea agotadora. A veces, hasta insalubre. Por suerte asoman los esfuerzos de cientos de periodistas que trabajan con rigor, que saben que ellos y ellas no son sus medios, que se reconocen como trabajadores de prensa, parte de un colectivo precarizado que no deja de luchar para rescatar el oficio y la dignidad laboral.

Son los que más valen la pena, los menos visibles, los menos escandalosos, los menos famosos, pero los que hacen el mejor periodismo en el mar de desconfianza en el que hoy, sin ninguna sorprensa, está sumergida la prensa argentina.

 

Cecilia González, Cecilia González, periodista y escritora. , periodista y escritora.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CACHEUTA DIGITAL.

Fuente: RT

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