Turismo

Las ciudades con encanto cerca de Praga que te asombrarán tanto como la capital

Una ruta llena de tradiciones mágicas y joyas poco conocidas para planear un viaje diferente a la República Checa en cuanto sea posible.

La época invernal es, sin duda, un buen momento para visitar Praga y descubrir otras zonas menos conocidas pero también atractivas de la capital checa. Antes sí convendría darse una vuelta por la Plaza de la Ciudad Vieja, aunque sólo sea por ver su nueva imagen con una estatua de la Inmaculada que se alza desde junio de 2020 entre la Torre del Ayuntamiento y la Iglesia de Nuestra Señora de Týn.

Esa columna mariana, erigida en 1650, fue derribada por grupos nacionalistas en 1918 cuando se creó Checoslovaquia tras décadas de debate entre quienes veían el monumento como un símbolo de la opresión del Imperio Austro-Húngaro y la polémica continua ahora con algunas críticas por su estética en la plaza más emblemática del corazón praguense.

Nueva columna mariana en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga
Nueva columna mariana en la Plaza de la Ciudad Vieja de Praga

Una buena idea para buscar otros atractivos es cruzar el río Moldava y acercarse a Holesovice, el barrio más de moda en Praga, para comprobar como sus edificios modernistas y las antiguas fábricas se han transformado en centros culturales o sedes de empresas tecnológicas al lado de la iglesia neogótica de San Antonio de Padua, famosa por su belén eslavo. En el barrio destacan, entre un buen puñado de construcciones, el centro de arte contemporáneo DOX, que muestra un llamativo zeppelin en su azotea; el Cross Club, decorado con todo tipo de tuberías y estrambóticas maquinarias, que ofrece un buen café y actuaciones en directo, y el nuevo Monumento al Silencio en Praga Bubny, una escalera hacia el cielo que representa las vías del tren de esta estación ferroviaria desde donde partían los transportes con judíos al campo de concentración de Terezín, paso previo en muchos casos hacia Auschwitz. La obra ha sido creada por el escultor Aleš Veselý.

Český Krumlov en un bello meandro del río Moldava

En el caso de que el viaje pueda alargarse, la oferta desde Praga es amplia y muy jugosa. La primera excursión desde la capital checa puede empezar a 170 kilómetros en el corazón de los bellos paisajes del sur de Bohemia repletos de bosques y soberbios castillos, donde se alza Český Krumlov en un maravilloso meandro del río Moldava. La ciudad, incluida en el Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1992, es seguramente tras la capital checa la principal atracción turística del país, un conjunto medieval que constituye el mejor exponente de ese mundo señorial que mantuvo el poder en estas tierras. Su imponente castillo sigue dominando un conjunto urbano de bellas plazas, puentes, arcos, fuentes, la clásica columna de la peste, habitual en muchas ciudades checas, y unos edificios cuyas fachadas sorprenden con sus molduras y pinturas. El paso por el recorrido del castillo es libre y permite disfrutar de unas vistas fantásticas del casco viejo desde el puente Plášťový most, que une los patios principales con los jardines, el parque y el teatro barroco, otra joya arquitectónica por sus detalles decorativos. Sus frescos y estatuas, así como su carpintería visible en los seis decorados de operas originales y su tenue iluminación, hablan de un escenario que se ha conservado milagrosamente desde el siglo XVIII por el que pasaron los mejores artistas italianos, franceses y centroeuropeos.

Castillo de Karlštejn
Castillo de Karlštejn – Ladislav Renner

Karlštejn, depósito de la joyas de la corona checa

Otro gran castillo más próximo a la capital checa, a unos 30 kilómetros, es el de Karlštejn, emplazado en lo alto de una pendiente sobre el río Berounka. Carlos IV ordenó la construcción de esta imponente fortaleza para que se convirtiera en su residencia de verano y sirviera de seguro depósito para sus joyas y tesoros artísticos. El rey prohibió incluso la entrada de las mujeres en el castillo, al tiempo que se rodeaba de una corte de astrólogos y astrónomos, y acabó depositando las joyas reales y las reliquias religiosas en la torre del homenaje bajo la bóveda dorada de la Capilla de la Santa Cruz, decorada con 2.200 piedras preciosas y 129 pinturas de santos y santas del siglo XV realizadas por el maestro Teodorico de Praga. Esta es la gran joya del castillo, sin duda, pero no le van a la zaga sus largos corredores, el dormitorio y dos magníficas capillas del emperador, las murallas infranqueables o sus empinadas torres que trasladan al visitante a un lugar donde el tiempo parece haberse detenido.

El Paraíso de Bohemia fue descubierto por los románticos del siglo XIX
El Paraíso de Bohemia fue descubierto por los románticos del siglo XIX – Vaclav Bacovsky

El Paraíso Checo, un paraíso de piedra

El Paraíso Checo (Český ráj), también conocido como «El paraíso de Bohemia» hasta no hace mucho tiempo, era un destino para sus propios turistas nacionales que buscaban actividades al aire libre para sus familias. La zona, descubierta por artistas y escritores románticos del siglo XIX, atraía por sus extrañas formaciones rocosas, que habían servido en algunos casos para construir castillos medievales, y por su variopinta naturaleza plasmada en cuevas, ríos, lagos y bosques que conformaban un lugar perfecto para realizar excursiones.

Toda la riqueza geológica de este área al norte del país llevó a la Unesco en 2005 a declararlo geoparque protegido y resulta sorprendente y mágico en lugares como Hruboskalsko, cerca de Jičín, donde los visitantes pueden moverse a través de unas estrechas grietas o escalar por su interior hacia miradores asombrosos que muestran formaciones rocosas, de hasta 60 metros de altura, con nombres tan variopintos como «Director de Orquesta,

La mano del Diablo, Esfinge o Diente de Dragón». No queda lejos tampoco el castillo de Valdštejn, el segundo abierto al público en el país tras el de Praga, con una hermosa iglesia dedicada a San Juan Nepomuceno, o el castillo de Hrubá Skála, a diez minutos en coche de Turnov, que se ha convertido hoy en un encantador hotel aprovechando las estancias de esta fortaleza del siglo XIV.

Si se busca, en cambio, una urbe cultural y con rica historia, ésta debe ser Liberec. Esta ciudad de 102.000 habitantes alcanzó su mayor auge en el siglo XVIII al transformarse en el punto manufacturero más relevante del Reino de Bohemia. En 1938 se convirtió en metrópoli de los Sudetes y más tarde, en 1968, vio como los tanques soviéticos ocupaban sus calles mientras sus habitantes lanzaban tomates como proyectiles para defenderse.

Hoy muchos la conocen curiosamente por su icono levantado en las afueras. Se trata del Hotel Jested, en la montaña del mismo nombre a 1.012 metros de altitud, que simula una nave espacial por su forma hiperboloide. El hotel, construido por el arquitecto checo Karel Hubáček en 1973, cuenta con una antena de televisión, de 94 metros de altura, y con 19 habitaciones desde las que se puede disfrutar de una preciosa vista de las montañas más cercanas.

Una imagen de la ciudad balneario de Karlovy Vary
Una imagen de la ciudad balneario de Karlovy Vary – Ladislav Renner

Karlovy Vary, cabeza del triángulo balneario

A menos de horas de coche desde Praga por la E48, la parada en las tres ciudades balnearias más importantes del país -Karlovy Vary, Mariánské Lázně y Františkovy Lázně- resulta imprescindible. Hace 150 años este triángulo de balnearios constituía el centro neurálgico de Europa atrayendo a reyes, zares y alta aristocracia que buscaban el agua milagrosa pasando unos días de reposo, mientras los más pobres la recogían directamente de los manantiales. En la actualidad, Karlovy Vary sigue enamorando por sus famosas columnatas y arcadas y, en general, por sus bellos edificios barrocos, neoclásicos y art noveau, sin olvidarnos de su llamativa iglesia ortodoxa. Karlovy Vary vivió su máximo esplendor entre 1870 y la I Guerra Mundial, pero en los últimos tiempos ha recuperado gran parte de su fama gracias a los turistas, muchos de ellos rusos y alemanes. Todos ellos forman una simpática procesión por la Promenade, en paralelo al río Tepla, que transcurre tres veces al día. Estos paseos coinciden con el momento anterior a las comidas y permiten beber el agua de las doce fuentes medicinales, con temperaturas y propiedades diferentes, utilizando unas jarritas de porcelana en forma de pipa que llevan a su boca.

Catedral de San Bartolomé, en Pilsen
Catedral de San Bartolomé, en Pilsen – Marek Vaneš

Pilsen, marcado por su historia cervecera

Para la mayoría Pilsen significa cerveza, del tipo que lleva su nombre (Pilsener), pero hay mucho más en esta ciudad de iglesias, tabernas y laberintos medievales subterráneos. Su corazón palpita en torno a la plaza de la República y la catedral de San Bartolomé que exhibe la torre-campanario más alta del país con sus 102 metros desafiantes.

Al oeste de la plaza, bajando por la calle Presovska, brilla la enorme sinagoga judía que tras una cuidada restauración terminada en 1998 es otro monumento muy afamado porque sólo hay cuatro sinagogas más grandes que esta en el mundo, dos en Jerusalén y otras dos en Nueva York y Budapest.

Sin embargo, nadie duda en esta ciudad que la histórica fábrica de cerveza fundada en 1842 al otro lado del río Radbuza sigue siendo la gran atracción de Pilsen. Nada más pasar por el arco del triunfo de la entrada de la factoría, la sensación de encontrarse en un sitio con solera se produce dentro de esta “casa con derecho de elaboración de la cerveza” en la que el visitante revive la historia de la bebida desde sus orígenes medievales.

Se trata, en realidad, de un museo único donde descubren algunos secretos de la marca Pilsner Urquell y se recorren las instalaciones antiguas y las más actuales, en pleno funcionamiento, para finalizar con una cata en las bodegas con neveras de almacenaje de la cerveza lager.

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